Comenzábamos este documento señalando que estamos ante el final de un ciclo en IU. Es evidente que este proyecto, nacido al calor de las movilizaciones contra la entrada en la OTAN, ha agotado el primer impulso y debe ser revisado para no quedar del todo frustrado.
Porque el hecho de que constatemos el final de un ciclo no debe suponer dar por liquidada esta experiencia. Cuidado con tirar el niño con el agua sucia. Hace falta hacer balance y señalar qué debe permanecer y qué debe cambiar.
Izquierda Unida tiene valor en sí misma porque supuso el primer intento en nuestro entorno de crear una organización de nuevo tipo, que superase la forma partido y permitiese la convivencia de diversas tradiciones culturales y de pensamiento en torno a un programa y un proyecto común. Y el legado de esa experiencia es, en suma, muy positivo.
No resulta fácil afrontar la construcción de una organización de nuevo tipo con la compleja mezcla de partidos y corrientes preexistentes y miles de personas sin afiliación previa. La discusión sobre la forma que debíamos adoptar ha estado presente desde nuestra fundación y es un tema que debemos resolver lo mejor posible en el tránsito de la IX a la X Asamblea.
Pero aparte de las dificultades propias de nuestros particulares orígenes, una fuerza como IU se encuentra inevitablemente con debates importantes que han marcado nuestra historia. Somos una fuerza que aspira a una transformación social profunda: al socialismo democrático, según proclamamos en nuestros estatutos. Pero a la vez aceptamos el marco institucional e intentamos lograr lo que, visto en perspectiva, son pequeños avances, pero que en ocasiones son mejoras importantes para el día a día de la gente. Combinar ambas dimensiones no siempre es fácil y ello tiene su reflejo en discusiones que tenemos muy presentes:
- cómo llevar a cabo una política de alianzas que nos permita influir en el día a día pero no nos haga perder el perfil de fuerza alternativa que aspira a cambios más profundos.
- cómo realizar un trabajo suficientemente compensado entre el plano institucional y el plano social.
- cómo trabajar en el ámbito social sin apropiarnos del espacio propio de los movimientos ni tener una relación paternalista o utilitarista con ellos.
Seguramente es casi imposible que estos y otros debates relacionados surjan de manera permanente en una fuerza que ocupe el espacio de Izquierda Unida. Hemos ido dando diversas respuestas a los mismos y las dificultades siempre han estado presentes.
Durante años pusimos el listón muy alto para alcanzar acuerdos con otras formaciones políticas. Izquierda Unida consiguió con ello abrir y consolidar un espacio propio y reforzar su perfil. Pero también es cierto que a la postre, cuando el PP llegó a ser una alternativa clara de Gobierno, nuestra posibilidades de crecimiento se fueron cerrando y esa exigencia a la hora de las alianzas fue muy mal entendida; quizás, muy mal explicada.
Creímos extraer la enseñanza de que la gente nos pedía capacidad de entendimiento con otras fuerzas y que tratáramos de influir en el día a día para mejorar su vida, aunque no estuviéramos en mayoría. Hemos explorado esa vía en los últimos años y los resultados tampoco han sido satisfactorios. Hemos demostrado que somos capaces de gestionar, en la mayoría de los casos marcando diferencias importantes con otras fuerzas. Pero ello desde luego no ha servido para frenar la sangría de apoyos, cuando no ha contribuido a aumentarla.
Jugamos con esa dualidad: nuestra base social nos pide capacidad de influencia, pero también un perfil diferenciado. Nos exige que no renunciemos a acuerdos por pureza ideológica pero no termina de gustarle vernos en un papel de gestión. Hemos de movernos, por tanto, en un filo en el que no resulta fácil no inclinar la balanza hacia uno u otro lado. Ese es uno de los retos fundamentales de la etapa que iniciamos con esta IX Asamblea.
Habéis dicho recientemente…